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Un llano
interminable, tan vacío como la vida de los hombres que sólo
viven para trabajar; Sol de medio día, que todo lo quema, lo deja
muerto.
A lo lejos, allá por el horizonte que no significa nada, se veía
un puñado de siluetas caminando hacia cualquier parte; habían
salido de algún lugar, todos juntos, o no: puede ser que se hayan
ido encontrando, uno tras otro, hasta formar el parco conjunto que eran.
Se veían como los maltrechos restos de un ejército de campesinos
y, por las malas fechas en que andaban, cualquier federal los habría
mandado perseguir y colgar; sin embargo, parecía que en todo el
vastísimo territorio (que parecía el mundo entero) se habían
acabado los árboles y, mejor aún: los pelones.
A pesar de todo, a ninguno de estos hombres de tierra le importaba si
encontraban o no a algún federal, o si de pronto aparecían
bandidos, pues de cualquier forma ellos saldrían perdiendo: era
bien sabido que la única diferencia entre unos y otros eran las
ropas que traían puestas; no había buenos, ni malos, sólo
unos cuantos patrones bien montados con un montón de hombres por
delante, para parar las balas que mejor harían con pegarles, para
terminar pronto con todo el asunto.
Bajo unas dos docenas
de huaraches, la tierra sonaba con un crujido constante y un tanto disforme,
como la monotonía de aquel paisaje. En el cielo, el sol chupaba
con avaricia la poca humedad que alimentaba el terreno y robaba a los
hombres todo deseo, hasta quitarles la capacidad de pensar. Un viento
indiferente sopló de lado a los hombres, que lo notaron apenas,
como algo etéreo; unos cuantos se acomodaron sus sombreros y los
trapos que llevaban a modo de zarapes.
Rafael cerró los ojos un segundo y encontró tremendamente
difícil abrirlos de nuevo: le ardían como si el aire estuviera
hecho completamente de polvo. A pesar de la molestia, era esto lo único
que lo libraba de los múltiples reclamos del resto de su cuerpo,
comenzando con sus piernas, que después de ocho horas de caminata
ininterrumpida, parecían incendiarse debajo de la piel.
"Qué caminata de la chingada: puro pinshi llano", pensaba
de manera intermitente, cambiando a veces una "chingada" por
un "carajo" y su "pinshi" por algún "cabrón",
aunque la idea seguía siendo la misma: estaba cansado y quería
recostarse, aunque fuera ahí mismo, en el mero centro de la nada
polvosa, que lo quemaba desde abajo y arriba, oprimiéndolo sin
llegar a aplastarlo por completo; de la misma forma en que lo amarran
a uno para darle azotes, pero sin llegar a matarlo, nada más a
dejarlo medio menso, medio dormido y ronco de tanto gritar.
Abrió los ojos
para notar que se había rezagado varios metros del grupo y pudo
ver, sin alarmarse, el modo en que se alejaban sin notar su ausencia.
Rafael se detuvo completamente y alzó la cara hasta recibir de
lleno la quemazón del astro inclemente, que hacía hilachos
de su sano juicio. Se espantó un instante después, al percatarse
de lo que estaba ocurriendo realmente: corría el peligro de pederse
solo en medio de toda aquella tierra, que le era tan desconocida. Comenzó
a hacerse preguntas inútiles y recordó lo que su abuelo
decía de él siempre que podía: "siempre piensas
de más, chamaco, nada más puras pendejadas tienes en la
cabeza", así decía Rafael, el mayor, que era un hombre
acabado, muy entrado en años y que no conocía otra cosa
que no fuera el trabajo embrutecedor, el hambre y el fuego del aguardiente
en la garganta.
El nieto, ahora, estaba seguro de que, si se perdía, moriría
ahí y nadie, absolutamente nadie en el mundo se daría cuenta
de ello y, cuando al fin una persona pasara por encima de su cadáver,
seco y podrido, no lo reconocería. Entrecerró los ojos y
fijó la vista en el horizonte, intentando convencerse que los manchones
de existencia, que veía alejarse (no estaban tan lejos aún,
pero siempre le había gustado exagerar), eran los hombres con los
que había empezado a caminar antes del amanecer. Echó a
correr hacia ellos al tiempo que miraba a todos lados, como si tuviera
miedo de que el llano se fuera a abrir para tragarlo de repente, sin darle
oportunidad siquiera de tomar un poco de aire para aguantar la asfixia.
Pero no había
nada ahí, tan sólo la misma indiferencia de la planicie
reseca y un poco resquebrajada por la acción del círculo
dorado que flotaba por encima de todo. Y todo seguía igual, siempre
igual cada vez que miraba: vacío, sin significado alguno, excepto
por ese pedazo de negrura que de pronto saltó a su vista y que
pesaba sobre la tierra como si hubiese estado ahí desde siempre.
Rafael se detuvo de nuevo, olvidándose por completo del miedo que
lo había hecho forzar sus piernas a una carrera inútil,
y miró fijamente a la mancha oscura que contrastaba con el resto
del paisaje. Se veían cositas volando alrededor del bulto y una
especie de vara sobresalía por un costado, como una serpiente.
El hombre pensó, llevando a cabo una burda imitación de
lo que conocemos como reflexión, y llegó a la conclusión
de que eso podía ser una gente que descansaba: "pero qué
ideas de echarse en este pinshi llano, y a esta pinshi hora."
De buenas a primeras y, casi a manera de advertencia, le llegó
la certeza de que ese pedazo de noche era, en efecto, un ser humano, pero
que su descanso era más que un simple sueño.
"Ta muerto", susurró asombrado, "ta re-bien muerto",
y comenzó a andar lentamente hacia el cadáver del desconocido;
recorrió varios cientos de metros y, con cada paso que daba lograba
distinguir un nuevo detalle: un hombro, un pie, una mano que se adivinaba
debajo del tejido; pero lo que no podía entender era el palo ése
que le salía de un lado. Sin que su azoro disminuyera, siguió
acercándose hasta quedar a sólo un paso del cuerpo; el aroma
era el propio de una o dos semanas de descomposición bajo el sol,
pero él había olido cosas peores a lo largo y ancho de su
vida, así que no era de gran importancia lo que su nariz le comunicaba.
Cubierto con un amplio zarape negro, lo que quedaba de aquel desconocido
se encontraba boca abajo, con una vara recta saliéndole por uno
de los hombros, a un lado de la cabeza. Melquiades le dio un ligero puntapié
en lo que suponía un brazo y nada sucedió; quizás
esperaba que se levantara y se lo llevara derechito al infierno, pero
no se movió. Finalmente resolvió darle la vuelta con su
pie izquierdo y así puso el cuerpo de cara al cielo. Al verlo de
frente, Rafael se quedó paralizado por el miedo, sudó en
frío lo poco de agua que quedaba en su cuerpo y, de haber tenido
un poco más, se habría orinado en el mismo momento.
Cerró los ojos con toda la fuerza que pudo reunir y se aguantó
las ganas de gritar, murmurando en vez de eso: "no eres tú,
Melquiaditos, no eres tú el muerto; son nomás las cosas
que se te ocurren. Es el sol y el polvo y la sed, que te tienen así",
intentaba convencerse desesperadamente de que seguía vivo. Dio
dos pasos hacia atrás y sólo entonces volvió a sentirse
lo suficientemente hombre para volver a mirar aquello: comenzó
por abrir un ojo y husmear con ése el paisaje; viendo que todo
era normal, abrió el otro y miró abajo para encontrarse
con un rostro picoteado por los zopilotes. Se relajó cuando vio
que no podía verse a sí mismo en la carne muerta que se
pudría a sus pies; un instante después notó que la
vara era algo más que un simple pedazo de madera seca: en realidad
era un fusil largo, parecido a esos que cargaban los pelones, pero más
sucio y viejo.
Cayeron ideas sobre la mente de Rafael, todas igualmente pesadas e inútiles,
porque a nadie podía venderle el arma en ese lugar y, aunque hubiera
alguien con quién hacer el negocio, esa persona no tendría
agua y eso era lo único que él ansiaba en el mundo: un largo
y fresco trago de agua limpia. Seguía dando a luz y desechando
ideas, hasta que hubo un pensar que no le parecía tan mala idea:
podía tomar el arma y regresar al pueblo del que había salido,
casi huyendo, aquella mañana; podría regresar y quebrarse
al capataz, tal vez no al patrón, que siempre cargaba pistola y
podía darle al ojo de un buey a cien metros; pero al cabrón
de Tomás, con su cuero mojado nada más: a ése sí
le podía pegar un tiro y dejarle un agujero en la cabeza, o en
el pecho; entonces, quizás algún otro se armaría
de valor igual que él y se le echaría a palos al Don Alfredo
ése, hijo de la chingada; así le daría tiempo de
agarrar buen puntería y tronarle los dientes blancos de calavera
que tiene. Así se la pagarían los dos de una buena vez.
Después tendría que esconderse de los federales, pero con
lo que había hecho se habría ganado algunos amigos y las
mujeres le darían de comer; podría conseguir una o dos pistolas
más y más gente se le juntaría, dándole en
la madre a otros patroncitos con todo y sus capataces. A todos, de uno
por uno; cada vez habría más gente de su lado, pero tendrían
que estar huyendo de los pelones, hasta ser de veras muchos y, entonces,
poder echárselos al plato, sin dejar uno solo vivo.
Después lo nombrarían Teniente y tendría toda el
agua, comida y mujeres que quisiera; se pasearía entre sus gentes
para ver cómo la estaban pasando y se reiría todas las noches
con ellos, celebrando en grande las victorias conseguidas heroicamente.
Tendría a su muchacha, Ana, siempre junto a él, y ella le
daría un beso por cada muertito que dejara a su paso.
Al final, llegaría con el mero mero y lo obligaría a rendirse,
pidiendo perdón de rodillas y besándole los huaraches; él
se convertiría en presidente y ni él, ni su gente tendrían
que volver a sufrir sed, hambre, ni frío.
Entonces despertó de su ensueño y miró la vara que
podía escupir fuego, y el rostro se le oscureció completo.
"De veras que piensas puras pendejadas, Rafael Melquiades, bien decía
tu abuelo", y, cansado y sediento, se dio la vuelta y volvió
a tomar rumbo hacia donde había visto que iban los suyos, que sufrían
y ansiaban sin obtener, igual que él.
RESEÑA
/ BIOGRAFÍA / CURRICULUM
Nacido
en Guadalajara en 1980, ha participado en la publicación del libro
Fachadas, idea original de Susana Soto, es colaborador de la revista turística
Huésped y actualmente trabaja en la publicación de sus dos
primeras obras (novela y cuentos), además de la nueva publicación
Aqua, igualmente con Susana Soto, y con el proyecto virtual madrileño
Phoetika.
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