Carlos Ruiz Pérez
México

Email: krawn_xnith@yahoo.com

 

"Rafael Melquiades o el hombre que nunca fue"

Un llano interminable, tan vacío como la vida de los hombres que sólo viven para trabajar; Sol de medio día, que todo lo quema, lo deja muerto.

A lo lejos, allá por el horizonte que no significa nada, se veía un puñado de siluetas caminando hacia cualquier parte; habían salido de algún lugar, todos juntos, o no: puede ser que se hayan ido encontrando, uno tras otro, hasta formar el parco conjunto que eran. Se veían como los maltrechos restos de un ejército de campesinos y, por las malas fechas en que andaban, cualquier federal los habría mandado perseguir y colgar; sin embargo, parecía que en todo el vastísimo territorio (que parecía el mundo entero) se habían acabado los árboles y, mejor aún: los pelones.

A pesar de todo, a ninguno de estos hombres de tierra le importaba si encontraban o no a algún federal, o si de pronto aparecían bandidos, pues de cualquier forma ellos saldrían perdiendo: era bien sabido que la única diferencia entre unos y otros eran las ropas que traían puestas; no había buenos, ni malos, sólo unos cuantos patrones bien montados con un montón de hombres por delante, para parar las balas que mejor harían con pegarles, para terminar pronto con todo el asunto.

Bajo unas dos docenas de huaraches, la tierra sonaba con un crujido constante y un tanto disforme, como la monotonía de aquel paisaje. En el cielo, el sol chupaba con avaricia la poca humedad que alimentaba el terreno y robaba a los hombres todo deseo, hasta quitarles la capacidad de pensar. Un viento indiferente sopló de lado a los hombres, que lo notaron apenas, como algo etéreo; unos cuantos se acomodaron sus sombreros y los trapos que llevaban a modo de zarapes.

Rafael cerró los ojos un segundo y encontró tremendamente difícil abrirlos de nuevo: le ardían como si el aire estuviera hecho completamente de polvo. A pesar de la molestia, era esto lo único que lo libraba de los múltiples reclamos del resto de su cuerpo, comenzando con sus piernas, que después de ocho horas de caminata ininterrumpida, parecían incendiarse debajo de la piel.

"Qué caminata de la chingada: puro pinshi llano", pensaba de manera intermitente, cambiando a veces una "chingada" por un "carajo" y su "pinshi" por algún "cabrón", aunque la idea seguía siendo la misma: estaba cansado y quería recostarse, aunque fuera ahí mismo, en el mero centro de la nada polvosa, que lo quemaba desde abajo y arriba, oprimiéndolo sin llegar a aplastarlo por completo; de la misma forma en que lo amarran a uno para darle azotes, pero sin llegar a matarlo, nada más a dejarlo medio menso, medio dormido y ronco de tanto gritar.

Abrió los ojos para notar que se había rezagado varios metros del grupo y pudo ver, sin alarmarse, el modo en que se alejaban sin notar su ausencia. Rafael se detuvo completamente y alzó la cara hasta recibir de lleno la quemazón del astro inclemente, que hacía hilachos de su sano juicio. Se espantó un instante después, al percatarse de lo que estaba ocurriendo realmente: corría el peligro de pederse solo en medio de toda aquella tierra, que le era tan desconocida. Comenzó a hacerse preguntas inútiles y recordó lo que su abuelo decía de él siempre que podía: "siempre piensas de más, chamaco, nada más puras pendejadas tienes en la cabeza", así decía Rafael, el mayor, que era un hombre acabado, muy entrado en años y que no conocía otra cosa que no fuera el trabajo embrutecedor, el hambre y el fuego del aguardiente en la garganta.

El nieto, ahora, estaba seguro de que, si se perdía, moriría ahí y nadie, absolutamente nadie en el mundo se daría cuenta de ello y, cuando al fin una persona pasara por encima de su cadáver, seco y podrido, no lo reconocería. Entrecerró los ojos y fijó la vista en el horizonte, intentando convencerse que los manchones de existencia, que veía alejarse (no estaban tan lejos aún, pero siempre le había gustado exagerar), eran los hombres con los que había empezado a caminar antes del amanecer. Echó a correr hacia ellos al tiempo que miraba a todos lados, como si tuviera miedo de que el llano se fuera a abrir para tragarlo de repente, sin darle oportunidad siquiera de tomar un poco de aire para aguantar la asfixia.

Pero no había nada ahí, tan sólo la misma indiferencia de la planicie reseca y un poco resquebrajada por la acción del círculo dorado que flotaba por encima de todo. Y todo seguía igual, siempre igual cada vez que miraba: vacío, sin significado alguno, excepto por ese pedazo de negrura que de pronto saltó a su vista y que pesaba sobre la tierra como si hubiese estado ahí desde siempre.

Rafael se detuvo de nuevo, olvidándose por completo del miedo que lo había hecho forzar sus piernas a una carrera inútil, y miró fijamente a la mancha oscura que contrastaba con el resto del paisaje. Se veían cositas volando alrededor del bulto y una especie de vara sobresalía por un costado, como una serpiente. El hombre pensó, llevando a cabo una burda imitación de lo que conocemos como reflexión, y llegó a la conclusión de que eso podía ser una gente que descansaba: "pero qué ideas de echarse en este pinshi llano, y a esta pinshi hora."

De buenas a primeras y, casi a manera de advertencia, le llegó la certeza de que ese pedazo de noche era, en efecto, un ser humano, pero que su descanso era más que un simple sueño.
"Ta muerto", susurró asombrado, "ta re-bien muerto", y comenzó a andar lentamente hacia el cadáver del desconocido; recorrió varios cientos de metros y, con cada paso que daba lograba distinguir un nuevo detalle: un hombro, un pie, una mano que se adivinaba debajo del tejido; pero lo que no podía entender era el palo ése que le salía de un lado. Sin que su azoro disminuyera, siguió acercándose hasta quedar a sólo un paso del cuerpo; el aroma era el propio de una o dos semanas de descomposición bajo el sol, pero él había olido cosas peores a lo largo y ancho de su vida, así que no era de gran importancia lo que su nariz le comunicaba.

Cubierto con un amplio zarape negro, lo que quedaba de aquel desconocido se encontraba boca abajo, con una vara recta saliéndole por uno de los hombros, a un lado de la cabeza. Melquiades le dio un ligero puntapié en lo que suponía un brazo y nada sucedió; quizás esperaba que se levantara y se lo llevara derechito al infierno, pero no se movió. Finalmente resolvió darle la vuelta con su pie izquierdo y así puso el cuerpo de cara al cielo. Al verlo de frente, Rafael se quedó paralizado por el miedo, sudó en frío lo poco de agua que quedaba en su cuerpo y, de haber tenido un poco más, se habría orinado en el mismo momento.

Cerró los ojos con toda la fuerza que pudo reunir y se aguantó las ganas de gritar, murmurando en vez de eso: "no eres tú, Melquiaditos, no eres tú el muerto; son nomás las cosas que se te ocurren. Es el sol y el polvo y la sed, que te tienen así", intentaba convencerse desesperadamente de que seguía vivo. Dio dos pasos hacia atrás y sólo entonces volvió a sentirse lo suficientemente hombre para volver a mirar aquello: comenzó por abrir un ojo y husmear con ése el paisaje; viendo que todo era normal, abrió el otro y miró abajo para encontrarse con un rostro picoteado por los zopilotes. Se relajó cuando vio que no podía verse a sí mismo en la carne muerta que se pudría a sus pies; un instante después notó que la vara era algo más que un simple pedazo de madera seca: en realidad era un fusil largo, parecido a esos que cargaban los pelones, pero más sucio y viejo.

Cayeron ideas sobre la mente de Rafael, todas igualmente pesadas e inútiles, porque a nadie podía venderle el arma en ese lugar y, aunque hubiera alguien con quién hacer el negocio, esa persona no tendría agua y eso era lo único que él ansiaba en el mundo: un largo y fresco trago de agua limpia. Seguía dando a luz y desechando ideas, hasta que hubo un pensar que no le parecía tan mala idea: podía tomar el arma y regresar al pueblo del que había salido, casi huyendo, aquella mañana; podría regresar y quebrarse al capataz, tal vez no al patrón, que siempre cargaba pistola y podía darle al ojo de un buey a cien metros; pero al cabrón de Tomás, con su cuero mojado nada más: a ése sí le podía pegar un tiro y dejarle un agujero en la cabeza, o en el pecho; entonces, quizás algún otro se armaría de valor igual que él y se le echaría a palos al Don Alfredo ése, hijo de la chingada; así le daría tiempo de agarrar buen puntería y tronarle los dientes blancos de calavera que tiene. Así se la pagarían los dos de una buena vez.

Después tendría que esconderse de los federales, pero con lo que había hecho se habría ganado algunos amigos y las mujeres le darían de comer; podría conseguir una o dos pistolas más y más gente se le juntaría, dándole en la madre a otros patroncitos con todo y sus capataces. A todos, de uno por uno; cada vez habría más gente de su lado, pero tendrían que estar huyendo de los pelones, hasta ser de veras muchos y, entonces, poder echárselos al plato, sin dejar uno solo vivo.

Después lo nombrarían Teniente y tendría toda el agua, comida y mujeres que quisiera; se pasearía entre sus gentes para ver cómo la estaban pasando y se reiría todas las noches con ellos, celebrando en grande las victorias conseguidas heroicamente. Tendría a su muchacha, Ana, siempre junto a él, y ella le daría un beso por cada muertito que dejara a su paso.

Al final, llegaría con el mero mero y lo obligaría a rendirse, pidiendo perdón de rodillas y besándole los huaraches; él se convertiría en presidente y ni él, ni su gente tendrían que volver a sufrir sed, hambre, ni frío.

Entonces despertó de su ensueño y miró la vara que podía escupir fuego, y el rostro se le oscureció completo. "De veras que piensas puras pendejadas, Rafael Melquiades, bien decía tu abuelo", y, cansado y sediento, se dio la vuelta y volvió a tomar rumbo hacia donde había visto que iban los suyos, que sufrían y ansiaban sin obtener, igual que él.



RESEÑA / BIOGRAFÍA / CURRICULUM

Nacido en Guadalajara en 1980, ha participado en la publicación del libro Fachadas, idea original de Susana Soto, es colaborador de la revista turística Huésped y actualmente trabaja en la publicación de sus dos primeras obras (novela y cuentos), además de la nueva publicación Aqua, igualmente con Susana Soto, y con el proyecto virtual madrileño Phoetika.