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Que
no vengan las autoridades a mi entierro,
que no engrasen
su bandera con el yugo de sus manos,
rodeado al fin por la cohorte de incensarios
budistas que siempre soñé en el trasueño
de lo intrascendente.
Que no vengan las autoridades a mi entierro,
que no vengan
en cinta, para después orinarse
en las alfombras del escenario.
¡Que no vengan!
Que no vengan las autoridades a mi entierro,
acaso presenciaron este poema
pues ya me preparan la octavilla,
acaso para repartirla en vísperas
de mi descenso.
Que no vengan las autoridades a mi entierro,
ahórrense
el regañadientes
de verme con los pies húmedos, aún florecidos,
más pestilentes que benditos,
más con las uñas pintadas de rosa
que descalzado a la moda de lanzar cenizas a los ríos.
Que no vengan con la nariz tapada
como si le importara mi exilio.
¡Que no vengan!
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