Patricia Ríos
EEUU

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"La templanza"

Fue una noche larga y sin sueños pero por fin llegó la mañana y los vehículos retomaron la marcha. La mañana anterior había partido de Santiago en una caravana de buses que se deslizaba vacilante por la carretera Panamericana en dirección sur. Había sido un viaje largo y difícil. El tenso trayecto era intermitentemente interrumpido por reventones de llantas producidos por clavos esparcidos por el camino, neumáticos en llamas que impedían el paso y pedradas a la caravana en las cercanías de algunos pueblos. Avanzamos lentamente. Al entrarse el sol todavía nos faltaba un tercio del trayecto, los choferes negándose a continuar estacionaron los buses en las afueras de un pueblo y allí pasamos la noche. Hoy, la mañana del 11 de septiembre de 1973, partíamos nuevamente para cubrir el último tramo. La carretera ahora estaba vacía y silenciosa, algo la hacía irreal. Cuando finalmente llegamos a las cercanías de Concepción el chofer encendió la radio para ayudar a los pasajeros a despertar, y en general, a recobrar la compostura antes de llegar al terminal. La emisora tocaba una marcha militar. El conductor, algo perplejo, cambió la emisora. Pero se escuchaba la misma marcha en la siguiente emisora y en todas las otras que sintonizó. Yo volvía a clases a la Universidad de Concepción después de un receso y lo hacía contrariando los deseos de mi madre que pensaba que algo podía pasar, pero ella siempre pensaba que algo podía pasar. Los pasajeros despertando y preparandose para la llegada tomaban nota de lo que ocurría con el radio del bus, sin comentarios. De pronto los sones marciales fueron interrumpidos por la seca voz de un hombre que se identificó como oficial de las Fuerzas Armadas. La brusca voz leyó una lista de nombres y creí escuchar el nombre de mi padre mientras me quitaba una legaña de los ojos. La orden para estas personas era presentarse de inmediato a la Fiscalía Militar en sus pueblos o ciudades. Luego el militar volvió a leer la lista y pronunció claramente el nombre completo de mi padre y su cargo en el gobierno de Allende. El corazón me dio un vuelco. ¿Por qué llamaba ese hombre duro a mi padre? Qué pasaba, pensé, mientras miraba por la ventana en busca de alguna señal en el camino o más allá, en los campos. En ese momento, al terminar de rodear una cuesta nos encontramos con la carretera bloqueada por un par de tanques, camiones y otros vehículos militares y una multitud de soldados que, fusil en mano y uniformes de guerra, le bloqueaban la pasada al convoy. En un segundo los hombres se encaramaron a los buses a brincos y exaltados nos gritaron que nos bajáramos, como si fuéramos gente mala, peligrosa. A las mujeres nos revisaron el carnet de identidad y la cartera. A los hombres los hicieron tenderse boca abajo al borde del camino, algunos soldados los registraron mientras otros registraban maletas y bultos que desperdigaban por el camino. Yo, confundida, miraba todo aquello y pensaba en mi padre. Mi padre era bueno, tal vez poco convencional, pero era un hombre bueno. Lo recordé llegando a casa con cuatro o cinco niños de la calle. Siempre hacía lo mismo. Llevaba a los niños medio asustados directamente al baño, allí los lavaba y luego les daba ropa que sacaba de mi cómoda o de la de mi hermano. Luego, llevaba a los niños a la cocina y les preparaba huevos revueltos acompañados de lo que encontrara en el refrigerador. Mientras los niños comían, él les hablaba de rebelión y justicia y cuando finalmente se retiraban, le daba un cigarrillo a todo el que lo pidiera. Ay, dios mío, que no le pase nada a mi padre, pensé mirando a los hombres tendidos de boca sobre la tierra en la tierra.

Finalmente llegamos al terminal de buses. Concepción era una ciudad ocupada. Al poco rato de bajarme del bus me enteré que se estaba dando un golpe de estado. Por doquier pasaban tanquetas y camiones militares. Muchos uniformados llevaban la cara pintada como para el combate. Desde el aire vigilaban aviones de guerra y helicópteros. Abajo, la gente caminaba rápido tratando de disimular su ansiedad. Luego escuché que se había dictaminado un toque de queda que comenzaría muy luego. Todo el mundo comenzó a correr a sus casas. Me fui de inmediato a esperar locomoción pero no vino nada. Al fin logré subirme al acoplado descubierto de un camión que iba en dirección de mi barrio. Los ocupantes, parados y apretujados, no nos mirábamos ni nos hablábamos. Cuando llegué a mi barrio me bajé y corrí el trecho que me separaba del edificio y seguí corriendo por las escaleras, hasta entrar al departamento donde arrendaba un cuarto. El departamento estaba solo. Me fui a la sala a esperar que llegara alguien. Encendí la radio. Me sumí en un sofá, sin comprender del todo lo que oía. Entonces escuché a Salvador Allende hablando desde La Moneda. También oí a un reportero conmovido que describía el palacio en llamas en un trasfondo de estallidos y metralla. Angustiada, me levanté de mi asiento y miré por la ventana pero en la calle no había nadie. Apenas se oía a lo lejos a uno que otro perro ladrar mientras la desolación me embargaba y me hacía llorar hasta quedarme dormida. En mis sueños volví al día en que un niño se ahogó en el lago donde veraneábamos y mi padre que junto a otros hombres trató de recuperar el cuerpo del niño de las aguas. Recuerdo su resolución y su empeño. Después de horas de intentos, comenzó a salir de las aguas visiblemente cansado y con los labios azulosos. Pero mi padre no cejaba, tiritando volvía a sumergirse una y otra vez hasta que se entró el sol y tuvo que volver a casa derrotado. Así era mi padre. ¿Es que acaso no lo sabía aquel militar duro que lo nombró en la radio?

Esa noche -ya no en películas ni en la televisión- escuché por primera vez el retumbar de metralletas y balas de fusil que se iba incrustando en mi conciencia. El pecho me ardió de pena y de humillación por saberme amedrentada. Pensé muchas veces en mi padre durante esa noche interminable y cuando se levantó el toque de queda resolví ir a la casa de un compañero universitario que tenía teléfono, para llamar a Temuco donde mi padre trabajaba. Afuera todo era un desbarajuste, la luz no se ajustaba a la hora del día, la gente caminaba con paso vacilante como si anduvieran por un país ajeno. Avancé pocas cuadras cuando me encontré con un montón de perros muertos amontonados en una vereda. El cuadro tenía el propósito de anunciarnos que comenzaba un tiempo en el que la violencia y el terror reinarían en nuestros días. Los transeúntes pasaban de prisa por el lado de los animales, casi sin mirarlos, o cruzaban la calle para evitarlos, pero yo me paré a contemplar a los perros muertos. Con actitud fría y deliberada rodeé los cadáveres apilados y los observé uno por uno. Por dentro deseaba que otros hicieran lo mismo que yo en vez de darle en el gusto a quienes nos querían atemorizar. Recriminé internamente a la gente por su debilidad y sentí frustración. Y es que no comprendería el grado del terror que comenzaba en Chile hasta años después, cuando me visitaron unos amigos en Nueva York y durante una gentil tarde de primavera en que recorríamos la ciudad, se detuvieron en seco hurgándose desesperadamente los bolsillos en busca de su carnet de identidad, mirando fijo a un par de policías que se acercaban por la vereda del frente, sin prisa, y sin siquiera haberse fijado en nosotros.

Mi padre contestó la llamada con tono cortante. Cuando pregunté si estaba bien contestó que sí y añadió que se había presentado a la fiscalía militar el mismo 11 de septiembre. Dijo que todo estaba en orden. Me contestó otras preguntas pero fue parco y casi duro, y cuando le quise confirmar mi dirección en Concepción, por si se le ofrecía algo, me interrumpió bruscamente insistiendo que ya la tenía. La llamada fue corta. Pronto se despidió diciendo que me cuidara, que me quería y que nos veríamos pronto. Quedé conforme y no lo volví a llamar. Tiempo después supe que su línea telefónica estaba en esos momentos intervenida.

Antes de volver a mi cuarto, mi amigo me informó que me había librado de una redada en la universidad. La mañana del golpe, mientras yo llegaba a Concepción, él y otros estudiantes estaban en un aula de la facultad cuando oyeron vehículos pesados entrando al campus. Eran vehículos militares. Todos comenzaron a salir para escapar pero de inmediato se escucharon carreras, órdenes y gritos en los pasillos. Los estudiantes estaban siendo arrestados. Entonces mi amigo, en vez de salir por la puerta salió por una ventana que daba a la parte trasera del edificio y allí se paró en una mampara, oculto por el follaje de un árbol. Desde allí estaba observando estremecido a los militares que empujaban a sus compañeros dentro de camiones y otros vehículos cuando sintió que alguien entraba calladamente al aula y casi en un susurro preguntaba si había alguien. Mi amigo sintió el impulso de responder, de hablar y ofrecerle amparo al que probablemente era otro estudiante, pero algo lo hizo esperar. Momentos después, agradecía su intuición al ver reflejado en la ventana semiabierta a un soldado con casco y fusil.

Después de esos primeros días pasé semanas en mi cuarto casi sin salir a la calle. Los dueños del departamento nunca volvieron. La radio seguía tocando marchas intercaladas con bandos militares. Durante la noche me despertaban los balazos, algunos se oían lejos y otros terriblemente cerca. En mi soledad trataba de conectar con algo en mí que no fuera vulnerable a lo que estaba sucediendo, y trataba de hacerme invisible mientras le quitaba a mis ropas los bordados multicolores y la mostacilla con que las había decorado en mis años de adolescencia.

Pasaron semanas y la universidad seguía cerrada. Decidí ir a Santiago. A mi llegada la capital tenía un tono irreal, con un sol ya tibio que alumbraba el espacio compartido por el brillante verde de los brotes de primavera y el pesado verde oliva de los uniformes militares. Había militares por todos lados, en las esquinas, por la calle, en el aire. Camino a casa pasé por el palacio de La Moneda, ahora tapado para ocultar los efectos de las bombas lanzadas desde el aire y los impactos de cañón, cuadro que el once de septiembre había tratado de imaginar sentada en el sofá escuchando al reportero describirlo. Llegué a mi barrio y me faltaba una cuadra para llegar a casa cuando vi. cómo sacaban a un muchacho engrillado de la mansión de la embajada China. El muchacho, de mi edad y probablemente universitario como yo, había saltado el muro de la propiedad pidiendo asilo. Pero el asilo se le había negado y salía arrastrado por militares asistidos por dos funcionarios de la embajada. La gente, turbada, pasaba sin saber si parar y mirar aquello, o seguir su camino. Mis ojos se cruzaron por un instante con los ojos desesperados del joven y confieso que seguí mi camino aparentando que nada sucedía.

Me esperaban momentos peores.

Llegando a casa me enteré de que mi padre había sido arrestado al día siguiente de nuestra conversación telefónica y que no se sabía de su paradero. Horas después del toque de queda, cuando todavía me encontraba asimilando la noticia del arresto de mi padre, un camión militar paró frente a mi casa. Inmediatamente después sonó el timbre. Acudí a la puerta donde esperaban un oficial y dos soldados con fusiles en las manos. Los hombres entraron, entonces, el oficial sin mayores preámbulos nos informó que mi padre había sido fusilado el día anterior en Temuco, por intento de fuga. El oficial y los soldados se retiraron después de un momento en su camión. Los vecinos en sus ventanas, detrás de las cortinas, se quedaron largo rato mirando hacia nuestra casa, tratando de adivinar el motivo de la visita de los uniformados. Adentro de la casa mi madre y yo lloramos deambulando por la casa hasta que nos dormimos vestidas y semi sentadas en algún recoveco. Mi hermano partió una puerta de un golpe pero nunca lo vimos llorar.

Temuco estaba triste. La neblina y la llovizna negaban la primavera, pero el rostro de mi padre estaba sereno. El fino hilo de sangre que salía de su nariz y de un oído era testimonio de que había muerto con el cráneo fracturado. El balazo vino después. Sus padres, mis abuelos, sentados lado a lado eran dos cuerpos frágiles, pequeñitos, que se apuntalaban el uno en el otro. El resto de la familia era una masa gris e informe, casi adherida a las paredes del velatorio. Afuera, los soldados impedían la entrada de más deudos para evitar que el velorio de mi padre se convirtiera en una manifestación política. Adentro, mirando sus restos, yo no podía creer que estuviera muerto y comencé a urdir para él un poema que escribí muchos años después.

Pasaron cinco años. Fueron años en que me sentí lejos de la gente. Fueron años de desconfianza y temor. Finalmente decidí alejarme de Chile. Me vine a New York donde todavía resido, pero pronto descubrí que el paso del tiempo en nada me ayudaba a sobreponerme a las memorias que todavía teñían buena parte de mis días. En Chile había sido víctima de la oscuridad y ahora lejos, en otro país, aun seguía cautiva.

Comprendí que debía aprender a superar el sufrimiento.

De alguna forma mi instinto de sobre vivencia comenzó a re emerger y tuve que reconocer que a pesar de todo lo que había pasado, todavía llevaba en mi interior un manantial de vida que no se agotaba. Comprendí que nada me podía mantener cautiva si yo no lo consentía y que a mí no me mandaba nadie. Tal vez temporal y externamente sí, pero en definitiva, a mi no me manda nadie. Con el tiempo cambió la dirección de mi vida: desde lo que se refiere y se dirige hacia la muerte a lo que se refiere y se dirige hacia la vida. Noté mi cambio de dirección el día que iba en un vagón del metro leyendo un libro sobre la dictadura de Pinochet en Chile y me encontré con un relato de un compañero de prisión de mi padre. Sucedió durante la primera semana después del golpe. Tenían a los prisioneros encerrados en caballerizas y eran continuamente hostilizados por los soldados. Una noche en que los soldados picaneaban con el cañón de sus fusiles a los presos que comenzaban a desmoralizarse, mi padre recurrió al canto. Desde su caballeriza comenzó a entonar "La Internacional". Al principio los demás prisioneros lo escucharon en silencio, pero luego tal vez recordando momentos de mayor inspiración y fe, se fueron animando y se uniendo a la melodía hasta que se extendió a las otras caballerizas y se convirtió en un canto alegre y vigoroso. Los soldados comprendiendo sus limitaciones detuvieron el hostigamiento y se retiraron a dormir. Al día siguiente sacaron a mi padre de las caballerizas y lo trasladaron al Regimiento Tucapel de Temuco donde un par de semanas después fue asesinado. El recuerdo de sus genialidades todavía hizo brotar mis lágrimas, pero estas se transformaron en sonrisas, y las sonrisas, en una celebración de las mejores y más cálidas cualidades humanas.

 

 

RESEÑA / BIOGRAFÍA / CURRICULUM

Nací un invierno hace medio siglo en Santiago de Chile. Crecí en dos mundos: el de lo acostumbrado, lo rutinario y lo medido, y el de lo improbable, el que se intuye y se añora. He tenido trato con gente sencilla, tibia y eterna y con gente efímera y refinada. De todos aprendo y a todos incluyo en mis escritos que apuntan hacia el acercamiento de ambos mundos y hacia el forjamiento de una nación humana universal.

Me gusta pensar que puedo hacer de mensajera entre el mundo que conozco, con su gente, sus colores y su textura, y aquel otro que aun no conozco pero que puedo sentir con claridad, a veces, cuando me acallo.

En lo práctico, soy intérprete de profesión. También estudié Artes Plásticas en la Universidad de Concepción, Chile, luego danza contemporánea, pantomima y teatro coral, en Santiago de Chile. En 1978 llegué becada a Nueva York a estudiar danza contemporánea en The Louis-Nikolai Dance Theatre Foundation. Escribo poesía desde 1999 y narrativa desde el 2001. Tambien durante el 2001 ingresé al Grupo Antoja de artistas y escritores Siloístas.