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El inicio fue cuando ajusticiamos al Riñón. Un chofer de colectivo que vivía en mi población. Informante de los asesinos, que caminaba libre por las calles y ni siquiera ocultaba el cañón con el que andaba a diario, "para matar perros", decía. Esa noche lo vimos entrar al "bar de las chiquillas bonitas", un bar de la pobla donde vivían cuatro hermanas. Lo vimos sentarse en la mesa del rincón, pedir una botella de pisco y acomodarse para beber solo, mirando a los asistentes. Llegaron dos tipos en un auto y fueron directamente a su mesa, delante de quien quiso ver, el soplón entregó información y ellos, le dieron unos billetes, se rieron, hicieron algunas bromas gruesas y se fueron. El Riñón pagó y se fue en su taxi en dirección a su casa. Era cerca de la una de la madrugada, era un jueves, mi madre pensaba que yo estaba en mi pieza dormido. El Rubén nos repartió las armas, a mi me tocó un revolver que parecía de fogueo, pesado y algo oxidado -recuperado para la lucha compañeros- dijo Rubén con ese tono doctoral, extraño en un cabro de pobla como era él y como éramos nosotros. Con las manos sudadas, la espalda fría y el poto apretado caminamos juntos hacia a la casa del Riñón. Nos vio llegar, se puso canchero -¿Qué quieren los huevones?- Se suponía, o por lo menos yo suponía, que había un discurso donde se le diría que había sido encontrado culpable por los tribunales del pueblo o algo así, en cambio, parecía que todos éramos mudos, nadie decía nada. El riñón se rió y volvió a preguntar canchero -qué les pasa a los cabritos, ¿quieren fierro?- y se llevó la mano a sus genitales. Yo seguía clavado en mi lugar con la mano en el bolsillo de la parka apretando la cacha del revólver, para darme valor. Rubén sacó
una pistola de su pantalón y lo apuntó, el tipo trató
de reaccionar, pero fue tarde, Rubén disparó una vez, yo
saqué el revolver de mi parka y disparé una vez. El tipo
todavía estaba vivo y los disparos sonaron como cañones
en el barrio, comenzaron a prenderse las luces de las ventanas, pero sabíamos
que nadie se asomaría. Pensé en mi madre, acostada en su
cama. Apunté con calma y volví a disparar. Rubén
disparó dos veces más, luego quemamos el taxi y corrimos
una cuadra. Paramos y comenzamos a caminar, yo quería vomitar,
cagar, llorar. Miré a Rubén, estaba pálido, afiebrado.
Ya oh, me dijo, pasa la pistola, se la pasé, me dio algunas instrucciones
y nos separamos. Rubén debe haber tenido como dieciséis
años y yo recién había cumplido catorce esa semana.
RESEÑA / BIOGRAFÍA / CURRICULUM Omar
es cocinero, profesor de cocina en un liceo y folclorista. Ha dirigido
diversos grupos de folclore en Concepción, tanto en colegios como
institutos superiores. Sus proyecciones folclóricas se han presentado
en diversas salas de teatro de la Región. Ha realizado trabajos
musicales para obras de teatro de la Compañía El Rostro
(Pedro Urdemales) y el TUBB (La leyenda de las Tres Pascualas, obra en
la que actualmente trabaja como músico). Publicó en 1994
el texto poético Las Hormigas Carniceras. |