Francisco Julio Mocoçain
Chile

Email: fjulio@ceat.cl

 

"La revolución y las ratas"

Esa noche no puedo olvidarla. Quiera o no retorno a ella en pesadillas o por asociaciones muy dispares. A las seis de la tarde comenzaron a tirar compañeros a nuestro calabozo. Llegaron sindicalistas ferroviarios, campesinos de la zona... Cuando éramos diecisiete, apareció Miguel Neira, reventado como una manzana aplastada por una rueda de un bus. Tenía la cara rota, el pecho golpeado, los pulmones hechos mierda, el estómago muy adolorido y los testículos desintegrados de tantas patadas recibidas. Venía afiebrado y con muchas heridas infectadas. Cuando lo tiraron para el interior del calabozo, los carabineros, dijeron que lo traían de Laja. Pedimos un médico, luego de un rato, para que lo atendiera, porque creíamos que se moriría en la celda. Como respuesta, nos insultaron. Nos hicieron ver, con palabras, que para ellos un comunista valía mierda y que más les interesaba uno muerto que uno vivo. Al rato nos ametrallaron la parte superior del calabozo, con una lluvia de muchas, pero muchas balas de mediano calibre. Con esa respuesta enmudecimos para siempre.

Con tanto susto y tanta tensión nerviosa al interior del calabozo comenzaron a aparecer las necesidades de orinar y defecar. Avisamos a gritos, mas no nos respondió nadie. Entonces tuvimos que hacerlo en la celda. Para eso nos organizamos y dejamos un rincón para cada cosa. Uno para estarse parados, sentados o tendidos y otro para las necesidades más básicas. La celda comenzó a llenarse de orina, el nivel de líquido aumentaba progresivamente. El olor y el ruido de las defecaciones nos incitaba neuróticamente a desear defecar más aún. El nivel de orina y excrementos flotante ocupaba casi todo el calabozo. El madero de descanso era una suerte de balsa, sobre la cual, además de Miguel herido y moribundo, estaba casi la mayoría. No nos decidíamos a meter los zapatos a la orina con mierda. Ya llegaría el momento.

Agradecíamos la deferencia de carabineros por mantenernos la luz encendida de una débil ampolleta de 40 watts. Una vez que tomamos conciencia del privilegio de la luz y lo verbalizamos como un último acto de caballerosidad de parte de los torturadores, la cortaron y entramos a otra etapa de nuestro viaje a la nada.

Quedamos mudos en la obscuridad. Todos de pie, mirando el infinito en una nave de madera de dos metros por uno cincuenta. Íbamos como pasajeros de algún exótico vehículo del tiempo y de la calamidad humana, viajando silentes por el espacio sideral. Éramos 17 seres humanos, en una extraña embarcación, la mayoría de pie, mirando hacia la nada con las manos en los bolsillos, en medio de la total obscuridad y silencio. La esperanza era llegar cuanto antes al otro lado de la noche. La noche la experimentábamos como un enorme río que debíamos atravesar para seguir viviendo.

Muy entrada la noche, sentimos los primeros ruidos en el entretecho de la prisión. Eran ruidos lejanos, como de gatos en invierno. Poco sabíamos de lo que se nos aproximaba.

Progresivamente, los sonidos del techo o del entretecho se fueron acercando y cuando el ruido estuvo sobre nuestras cabezas, supimos inequívocamente que eran guarenes. Comenzamos a tratar de recordar cómo era el cielo raso, qué hoyos y cuántas tablas faltaban. Todo lo que armábamos y comentábamos en baja voz, era parte del recuerdo, la memoria y la fantasía exacerbada por terror. Juntamos una información delirante de los diecisiete y ésta nos arrojó la siniestra noticia de que el techo estaba muy roto y muy lleno de orificios grandes y medianos, lo suficientemente amplios, como para que pasara un ratón y un perro también.

Así fue como estos roedores, llamados por el hedor a orines y mierda, además por las heridas con sangre y pus, habían concurrido fieles al llamado de su apetito. Nunca se tiraron violentamente desde el techo al suelo, como temíamos la mayoría. Siempre fueron muy sigilosos y se deslizaban por las paredes sujetándose con sus uñas que emitían un fuerte chirrido contra la madera y el adobe de la muralla. Se sentía muy nítidamente cuando llegaban al suelo. Allí, de inmediato, se dirigían al lugar donde estaban las mayores concentraciones de excrementos y comenzaban a comer y a chapotear rápidamente con sus patas en la orina. Era una sensación aterradora para nosotros. Llegamos a contar hasta diez guarenes comiendo al lado de nosotros. Varios de estos animales, una vez satisfechos de alimentarse, comenzaron a avanzar hacia nosotros y nuestra condición histérica de aproximación era tan tremenda que el más mínimo roce con un supuesto roedor, nos hacía dar gigantescas patadas, que muchas veces eran patadas al aire, otras en contra de un compañero y a veces dábamos en el blanco y un guarén volaba por el aire y en el mejor de los casos daba contra una de las paredes del otro lado y en el peor daba en la cara o en pecho de otro de los prisioneros que casi se desmayaba de espanto al recibir el golpe de tamaña carga.

Llegó un instante en que la histeria del terror fue tan gigantesca y descontrolada, que comenzó a suceder de todo. Ya a nadie le importó Miguel, que estaba muy mal y semi inconsciente en el suelo. Todos esperábamos tensos un roce o una pisada para patear. Tirábamos manotazos al aire intentando golpear lo que se nos acercase, y así cubrir nuestro cuerpo y cara de la llegada de un ratón. Muchos fuimos mordidos por los roedores. La mayoría de los invasores se llevó la tremenda pateadura y de un momento a otro se produjo el equilibrio que nos salvó de la locura. Los pericotes se fueron, arrancaron. Un par de animales yacían moribundos, chapoteando en medio de las excretas. Por el ruido que emitían pudimos llegar a ellos y suavemente ponerles el zapato sobre el cuerpo, de preferencia los dos pies, uno sobre el estómago y tórax y el otro con el taco sobre la cabeza, reventándolos con nuestro peso, hasta que desapareciera toda emisión de sonido.

Al día siguiente todo fue distinto, nos encendieron la luz y pudimos ver lo que había quedado de la batalla campal de la noche anterior. Algunos estábamos heridos por mordeduras o por patadas causadas por nosotros mismos. Ese día no nos abrieron la puerta en todo el día. El aire no cambió su olor espeso a sangre, excremento, sudor y orina. No sentíamos el hedor, lo habíamos integrado con nuestro mecanismo de regulación. Lo habíamos aceptado como nuestro. Ahora nos organizábamos para que nuestro enfermo más grave estuviera lo más cómodo posible en la tarima de madera que era nuestro ambiente "vip". Nuestra preocupación era la noche y los lugares estratégicos que debiéramos ocupar para arremeter en la forma más efectiva y eficiente posible para combatir con los visitantes de lo alto sin castigarnos innecesariamente entre nosotros.

Esa noche fue una noche de espera, mas los ratones no regresaron. La herida de nuestro camarada estaba muy infectada en los testículos y sufría de grandes dolores. Tenía mucha fiebre y deliraba, hablando con una tal Elcira a quien al parecer amaba mucho, pero sobre quien recaían fatales celos. Le rogaba a ella que no lo engañara nuevamente ahora que iba a tener las facilidades de su ausencia. Todos callábamos alrededor de Miguel, con un poco de pena y un poco de miedo por la identidad que significaba su dolor para todos. ¿Cuántos de nosotros podrían regresar? ¿A cuántos nos matarían ahora o más rato? Mi mujer en particular ¿Cuanto tiempo me esperaría?

Al tercer día, nos abrieron la puerta y quedamos todos ciegos con la luz del cielo. Nos permitieron ir a un baño y lavarnos, tomar agua y comer algunas cosas que nuestros alumnos nos habían llevado. Todo esto lo hacían algunos suboficiales, en ausencia de los jefes. Logramos limpiar con escobas y una manguera con un potente chorro la gran acumulación de nuestros desechos de la celda.
Esperábamos pasar otro día allí con su respectiva noche. Por la tarde, supe que andaban en mi busca, mi mujer y mi hermano. No pude verlos. Ellos supieron que yo estaba allí y que estaba vivo.
Al medio día del cuarto día, nos comenzaron a sacar de a uno al patio y allí nos amarraron con la misma técnica de la primera vez: nos ataron las manos atrás, luego la soga iba al cuello, a continuación pasaba al compañero de adelante. Formamos una única fila poderosa y extraña de unos cincuenta o sesenta hombres de todos los tipos existentes. Nuestras caras eran de miedo y duda. No sabíamos nada de lo que nos deparaba el minuto siguiente. De los amarrados, tres no se mantenían en pie y habían caído al suelo. Los cordeles del cuello y de las manos les generaban un tironeo que los ahorcaba progresivamente. No les habían dado extensión como para que se mantuvieran tendidos. Mi posición era la décima de adelante. Me precedía Carlos. Nos dijeron que íbamos en dirección a la maestranza de ferrocarriles, que allí nos esperaba una locomotora con un carro que nos llevaría a Laja.

Dios mío, en Laja matan.

Nos matarán en el mismo tren o antes de llegar a Laja y nos tirarán al río. Eso ya lo han realizado con otros.

Dios mío; no puedo morir todavía.

Nos dieron la orden de partida y comenzamos a pedir que sacaran a los heridos que estaban en el piso amarrados de pies y manos. Nos volvieron a gritar que marcháramos y dispararon al aire algunas ráfagas de balas. Partimos sin pedir más nada. De los heridos, dos se incorporaron como pudieron y avanzaban a medias. Miguel no pudo con sus golpes y sus testículos reventados e infectados. No se incorporó. Lo arrastrábamos del cuello. Fueron cinco cuadras largas y duras, entre gritos, sudor y muchas caídas de todos. Miguel no murió, se adaptó al arrastre equilibrando el tironeo entre las manos y el cuello.

Nuevamente los perros del pueblo habían aparecido reconociendo a sus amos prisioneros, se arrimaban al lado o cerca de sus seres queridos y los miraban a los ojos moviendo sus colas contentos. Unos quince perros fieles nos rodeaban y se cruzaban entre nosotros.

La gente de San Rosendo nos veía pasar y lloraban de impotencia. Se abrazaban las madres y sus hijos al ver a sus padres maltratados y amarrados como ovejas, mirándolos callada y mansamente. Cualquier error podría desatar una matanza antes de tiempo.

Donde nos llevaban era realmente desconocido. Sólo por comentarios que creíamos, nos llevaban al pueblo de Laja.

Arrastrábamos con la velocidad más regular que podíamos lograr a nuestros dos heridos, que gemían de dolor e impotencia.

Luego de media hora de caminata por entre las calles y las gentes de San Rosendo, llegamos a una pendiente muy pronunciada y vimos, al fondo del camino, en la línea férrea que sale de la sala de máquinas, una gran locomotora a vapor, de esas grandes, llamadas "montaña" y enganchado a ella un solo vagón de carga metálico, abierto al centro y con una tarima de madera de fuerte pendiente como único medio de acceder al carro.

Comenzamos despacio y resignadamente el primer intento por ascender al vagón de carga. Los primeros tres hombres que debieron realizar el experimento de aprendizaje a pura intuición y en medio de los gritos de carabineros que ordenaban subir, fracasaron y cayeron al suelo como sacos. Este ímpetu nos arrastró a los 10 primeros, también, al suelo y de cabeza. Nos paramos y por instinto nos apiñamos en torno a la tarima para que los primeros se afirmaran en el grupo y pisando nuestros hombros y cabezas se impulsaran hacía el interior del carro. Una vez los cinco primeros arriba, los demás comenzamos a subir con más facilidad por cuanto había ya una forma probada y porque los de arriba, a quienes estábamos sólidamente amarrados, nos sujetaban y nos tiraban para facilitarnos el trámite.

Dentro del carro de carga, que era hermético, existía harina en el suelo y abundante paja. Nos arrinconaron en un extremo del vagón, lo más lejos posible de cuatro carabineros que desde arriba de un saco de arena, nos apuntaban con un arma automática que descansaba sobre su bípode abierto.
Aquí arriba, estábamos los cincuenta o sesenta que habían sacado de los calabozos y que viajaríamos a quién sabe dónde. Cerraron la puerta y partimos. Si íbamos para Laja, era la muerte segura. El convoy debía girar a la derecha, tomar el puente que separa San Rosendo de Laja y adiós pampa mía. No dobló a la derecha y nos dimos cuenta. Nos miramos y sonreímos disimuladamente. De pronto, la máquina se detiene y los pacos abren la puerta asustados para mirar qué sucede. El maquinista les grita que no pasa nada, que solamente debe detenerse para ponerle agua a la máquina de un gran grifo ferroviario. Era Yumbel o Laja. La vida o la muerte.

Como Ud. ve, fue temporalmente la vida...

La Isla Quiriquina nos esperaba...

 

RESEÑA / BIOGRAFÍA / CURRICULUM

Nombre: Francisco Ricardo Julio Mocoçain
Nacionalidad: Chilensis
Edad: + de 50
Domicilio: Concepción y Villarrica
Actividad Actual rentada: Docente de Matemática del CEAT.
Actividades Actuales no rentadas: Escribidor, Cultivador de árboles, Amante, Lector, Músico siempre, Poeta casi siempre.
Blazones adicionales: Observador del cielo y de la tierra, Amante de los libros, de los vinos y de las mujeres , Escuchador experimentado, Cocinero gozoso, Coleccionista de piedras, Enamorado de la Ana y de Vicente.
Valores intransables: Respeto por la vida ajena y propia. Respeto por las ideas, emociones, principios y creencias mías y de otros. Creedor en un estilo de vida Democrática participativa, papular y dinámica ( No como ésta, que es una ironía de lo que será la que haremos).
Finalmente de lo mío, creo que la vida que tengo en mía y no donada por nadie y que esto me invita a ser dueño de mis actos, de mis palabras y de mis obras y que esto me hace bien y me da confianza y seguridad.