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En 1975
decidí escaparme hacia un pueblo del interior de la provincia de
Buenos Aires (cuyo nombre no quiero acordarme) para no terminar desaparecida
como tantos de mis compañeros de la facultad. Sabía que
mi nombre estaba en una lista negra y que en cualquier momento vendrían
a buscarme. Opté por aquel pueblo porque allí vivían
mis tíos y mi prima Agustina. Ellos tenían una hacienda,
se dedicaban a la ganadería y a las diversas tareas campestres.
Llegué un miércoles con tan sólo un bolso de mano
y pretextando pasar unas vacaciones alejada del bullicio de la ciudad.
Dada su condición de campesinos fue fácil engañarlos
con los artilugios tan aprendidos en la ciudad. Los quería, pero
no podía dejar de sonreír ante esas costumbres pueblerinas
tan diferentes a las mías. Ninguna es mejor ni peor que la otra,
sencillamente, son estilos de vida opuestos, diferentes.
Mi prima me idolatraba, admiraba mi temperamento y mis agallas. En cambio,
su personalidad me abrumaba y me ponía malhumorada: su manera de
ser me resultaba aburrida y tradicional.
Lo único que me desagradaba era tener que compartir la habitación
con ella durante mi corta( o tal vez larga) estadía. Pero no podía
quejarme ni debía estar haciéndolo constantemente porque
ellos eran mi única salida.
Agustina se pasaba todo el día realizando quehaceres domésticos
con una alegría que era envidiable: cocinaba, bordaba, planchaba,
tejía, lavaba. No comprendía como podía gustarle
esa tarea tan poco placentera. Su única diversión era reunirse
tres veces por semana con una amiga del pueblo, para tomar mate, comer
tortas fritas y comentar las últimas novedades pueblerinas. Ni
siquiera tenía el hábito de leer, actividad tan interesante
y excitante como ninguna otra. Una buena lectura te hace pensar, te enseña
y, fundamentalmente, te cultiva.
Mis tíos, personas tranquilas, sencillas y bondadosas, me recibieron
con los brazos abiertos. Ni siquiera sospechaban sobre los ideales revolucionarios
(como decían algunos) de su adorable y querida sobrina.
Todo estaba en el mismo lugar que desde hacía ocho años
atrás, cuando con mis padres habíamos ido a pasar una Navidad
en familia. Recuerdo que fue una de las últimas.
Los negocios y almacenes conservaban las mismas paredes húmedas
y despintadas. Aquel lugar, como tantos otros del interior, se caracterizaba
por tener construcciones propias del siglo XlX. Incluso la casa se mantenía
intacta al igual que su jardín: el pasto recién cortado,
los tres rosales al lado del ceibo, el mismo hormiguero al lado de la
tranquera y el viejo aljibe con el balde rojo a su costado.
Los muebles, heredados de mi abuela materna (Celia Albertina Roma de Pons),
seguían acomodados de la misma manera, hasta los adornos y los
cuadros eran los mismos; las fotografías viejas estaban colgadas
una al lado de la otra, con tres centímetros de distancia.
Mi prima tenía el mismo corte de pelo y las mismas zapatillas blancas
que mi madre le había regalado. No pasaban necesidades económicas
pero tenían un estilo de vida bastante primario.
La cena fue abundante como siempre, uno debía comer hasta el hartazgo
para que no se ofendieran. Eso sí, comida nunca faltaba y bebida,
tampoco. Mis tíos podían tener muchos defectos pero había
una virtud que no podía ser negada: su generosidad. Todos en el
pueblo la conocían y, muchos, se abusaban de sus actos de benevolencia
para sacar provecho.
Finalmente, nos acostamos: "la noche se había hecho para dormir",
era lo que siempre decía mi tío. Agustina empezó
a roncar y yo, por el contrario, no podía conciliar el sueño.
Acostumbrada a dormirme muy tarde, me costaba hacerlo tan temprano. Escuchaba
los escasos autos que pasaban a lo lejos, las ranas croar y los perros
aullar. Eran los únicos ruidos. Pero, por momentos, los sonidos
se desvanecían y todo era silencio y tranquilidad. Inmediatamente,
recordé las Églogas 1 y 3 de Gracilaso de la Vega: cuando
las leía no podía creer que existiera en el mundo un lugar
tan ameno y apacible como el recreado por el poeta español.
A la noche, en la ciudad todo era muy distinto: los autos y los ómnibus,
en cada esquina, tocaban bocinazos que despertaban a toda la familia,
los gritos policiales sacaban a los porteños de sus sueños
más profundos y los conocidos pasos militares indicaban que ya
había llegado la hora de abandonar el dulce hogar.
Al día siguiente me desperté a las seis de la mañana
gracias al canto de un gallo. Decidí levantarme, desayunar y caminar
por el inmenso campo. Luego de dos horas me senté debajo de una
gran sauce a releer "El Facundo". Estaba inmersa en el final
del capítulo primero: "La vida del campo, pues, ha desenvuelto
en el gaucho las facultades físicas, sin ninguna de las de la inteligencia",
cuando me sobresaltó la voz de un hombre. Era un peón de
mi tío vestido con unas alpargatas negras, una bombacha de grafa
verde y una camisa blanca. Estaba ordeñando una vaca y le hablaba
como si ésta pudiera entenderle. Su vocabulario me sorprendió:
no pronunciaba la "s" al final de ciertas palabras y tenía
una entonación muy diferente a la utilizada en la capital.
-Buenos días señor...
-Güenas Doña. Se nota que le gusta la tranquilidá-
Al saludarme se sacó la gorra-...aquí me ando...cumpliendo
ordene del Don Carlo, debo ordeñar a la Susi pero está terrible,
hace do' hora que está maniatada y parece que se ha enculao, no
me larga ni una gota de leche...siempre me hace lo mesmo...soy Molina
y estoy pa' servirle en lo que necesite...¿Es la primera ve que
viene? Nunca ante la había visto...¿Su gracia?
- Hacía bastante tiempo que no venía por acá....
puedo llamarme Amalia-Inmediatamente recordé a la protagonista
de José Mármol.
Volvió a ponerse la gorra y continuó con su tarea. Le observé
las manos: estaban llenas de tierra.
Retomé la lectura. Al cabo de algunas horas( estaba en el episodio
de Barranca Yaco ) lo vi con un cigarrillo entre los labios y haciendo
un pozo con la pala. Mi tío quería alambrar esa hectárea
para trasladar unos terneros que quería destetar, según
palabras de Molina. Tan inmerso estaba en su trabajo que me apenaba tener
que interrumpirlo:
- Disculpe...¿ Podría decirme la hora?- "¿Podría
convidarme un cigarrillo?", era lo que realmente quería preguntarle.
-Alrededor de las una..- me respondió mirando el sol-...debería
ir a comer, el patrón seguramente se jue pa' las casas. Yo dentro
de un par de minuto ya me voy pa' mi casa y vuelvo pa' terminar el trabajo
a las cuatro.
-Gracias.-Y con el libro bajo el brazo decidí regresar " a
las casas".
Podía estar toda una noche leyendo algún cuento de Edgar
Allan Poe, de Chesterton o
algún capítulo de "El ingenioso hidalgo Don Quijote
de la Mancha". Por eso mismo no entendía por qué algunas
personas podían estar horas tomando mate, comiendo galletas o contar
a cuanto hombre se le cruzara las virtudes y los defectos de Juan Pérez
o Pedro González.
Toda la familia ya estaba reunida a la mesa esperando mi presencia para
empezar a comer.
-Te estuve buscando para que me ayudaras con los fideos pero no te encontré...-Agustina
estaba sirviendo los platos con abundante tuco.
-Estuve leyendo...si es para mi basta...no como demasiado al mediodía.
-Espero que te gusten..¿ Están ricos papá?
-Si mi niña, riquísimos...
-A la tarde tengo pensado hacer tortas fritas.
Emití una sonrisa, no pensaba ayudarla, si era esa su intención.
-Espero que me ayudes, así te enseño a cocinar...
-Gracias primita pero la cocina no es mi fuerte...-Los fideos estaban
deliciosos, no podía negarlo.
- Me duele la espalda-Mi tío tenía cara de cansado-estuve
capando unos terneros y creo que hice un mal movimiento...
-Le hubieras dicho a Molina que te ayudara- Mi tía, como siempre,
habló con la boca llena.
-Tenía que terminar de hacer los pozos para poder alambrar lo antes
posible...
-Estuve charlando un poco con él...
-Yo jamás le hablo-Agustina hizo un gesto negativo con la cabeza-no
me cae bien, siempre con la misma camisa y las mismas alpargatas de hace
cinco años...podría comprarse otras...
La miré azorada, la que andaba siempre igual también era
ella, pero parecía no darse cuenta.
Mi tío la interrumpió, no dejó que siguiera hablando.
-Es un tipazo, un hombre muy trabajador, a veces se olvida de las cosas
y hay que repetírselas cinco veces pero siempre me fue muy fiel...tiene
una historia de vida muy triste...se vino desde Fray Bentos con su padre
hace veinte años atrás, la madre los abandonó porque
se alzó con otro tipo del lugar y le dejó otro hijo a cargo
con problemas mentales, como el padre de Molina tenía un hermano
acá, decidió venirse con sus hijos.
-¡Pobre!
-El único defeto que tiene es ser terco... porque cuando se encula
es ma' cerrao que culo de muñeco.
Mi tía había terminado todo el plato de tallarines, inmediatamente,
se sirvió otro.
-Están riquísimos, ¿ te sirvo más?
-No tía, gracias, ya estoy llena.
-Pero has comido como un pajarito, estás muy flaca, tenés
que comer más...te podés debilitar.
-Un día de estos tendré que ir con vos a la capital así
me la enseñás...me vuelvo loca por conocer el obelisco y
la Avenida 9 de Julio...
-Ni loco te dejaría ir allá, con todo lo que está
pasando ni loco...hay muchos degenerados dando vuelta y en una de esas
terminás tan desacatada como los locos esos que andan por allá
ni loco...-Sus facciones habían cambiado completamente: su mirada
se había vuelto vidriosa y su cara había enrojecido.
-Papá
no todos son locos, aparte conmigo nadie se metería porque yo no
ando en cosas raras ni peligrosas.
-Allá en la ciudad están todos locos, vos tendrías
que venirte definitivamente para acá porque la situación
está muy peligrosa allá, hay cosas que me han contado que
me cuesta creerlas...
-Creo que luchar por los ideales no está mal...
-No, esos muchachitos no tienen ideales¿ Qué ideales pueden
tener a los 20 años?¡ Ninguno! No tienen idea de la vida...¡Dios
Mío!¡Qué barbaridad! Hay que cuidarse, sobretodo vos
que estás viviendo en semejante infierno...
No le contesté nada, prefería quedarme callada, era lo mejor.
Luego de levantar los platos y lavarlos( desgraciadamente tuve que ayudar
a mi prima
en esa tarea tan poco productiva) se fueron a dormir la sagrada siesta.
Yo, por el contrario, decidí salir a caminar por el campo: contemplar
tanto follaje verde, verde, verde me estaba abrumando. Tanta paz, paz,
paz, me enloquecería...
A los quince días recibí una carta de mi amiga Leticia,
contándome las últimas novedades, que por cierto no eran
muy buenas: nueve compañeros de la facultad habían desaparecido,
ella temía por su vida pero no quería huir de allí,
prefería quedarse y pelear por sus ideales hasta el fin. Entre
otras cosas me contó que habían entrado a mi departamento
de la Avenida Maipú forzando la cerradura y destrozando todo el
lugar. Nadie podía darles información mía y, eso
parecía enfurecerlos aún más, eran unas bestias,
unos salvajes. Para tomar precauciones, nuestras cartas estaban escritas
en clave: por ejemplo, Garcilaso de la Vega se remitía al campo,
lugar donde me encontraba; los federales eran los militares, los unitarios
los desaparecidos, Santos Pérez se refería a un compañero
nuestro de la facultad que nos había traicionado. Estaba en la
habitación terminando de leer la carta de mi amiga cuando un grito
de animal furioso me sorprendió. Miré por la ventana y no
podía creer lo que mis ojos contemplaban. Cinco peones, entre ellos
Molina, tenían maniatado a un cerdo arriba de una improvisada mesa.
En ese momento, Molina le clava un cuchillo, haciéndolo desangrar.
El animal emite gritos desgarradores, todos parecen divertirse. La sangre
cae a borbotones en un recipiente de plástico, le echan especias
y lo van revolviendo para que la sangre no se coagule.
Semejante episodio me dio nauseas. Recordé "El matadero".
Era una mímesis de toda aquella escena escrita en el 1800, con
el mismo salvajismo y la misma indiferencia ante el sufrimiento del otro.
Era algo que no había cambiado con el paso del tiempo.
El espectáculo era tan, tan, tan...no encontraba ningún
adjetivo para describirlo, sólo tenía un gusto a sal en
la boca que era intolerable. Fui corriendo a la cocina a beber un poco
de agua.
-Comete algún bizcocho, me están saliendo riquísimos,
ya probé tres y puedo decir que son un manjar- Agustina me extendió
una fuente llena de esos bizcochos.
-No, ahora no tengo hambre...-No podía articular palabra-...¿
Qué están haciendo afuera? ...pobre animal...
-¡Ah! No te preocupes, lo están carneando para hacer morcilla
y fatura, cuando la terminen y la pruebes te va a encantar y te vas a
olvidar del pobre animal...ya verás...
En ese momento comprendí que no podía quedarme por más
tiempo, debía huir lo antes posible. Ese noche tuve la más
terrible de mis pesadillas como una forma de premonición.
Quince
días después ( de aquel espantoso espectáculo ) llegaron
al pueblo un grupo de hombres buscando determinados paraderos. Irrumpían
en todos los hogares interrogando sobre ciertos comportamientos irregulares
o sobre la presencia de nuevos habitantes. Una mañana escuché,
desde la ventana de la cocina, a uno de ellos hablando con mi tío.
Se saludaron e intercambiaron fórmulas de cortesía. Luego
se fueron caminando por el campo y ya no pude oír más nada.
Eso me preocupó bastante. Entonces, luego de que ese salvaje se
hubo ido le pregunté a mi tío qué le había
preguntado. Sólo me dijo que no me preocupara porque estaban buscando
a una guerrillera muy peligrosa que se había fugado de la capital.
También me refirió que le había regalado ocho morcillas
y seis chorizos caseros, atención que agradeció amablemente
el bárbaro. Me dijo ( mi tío) que nosotros debíamos
quedarnos tranquilos porque ellos sólo estaban inspeccionando el
lugar, hacían su trabajo y nada podíamos temer.
Luego de aquel episodio sucedió otro: una tarde-dos días
después-tres militares golpearon las manos desde la tranquera y
Molina se acercó hacia ellos. Mi tío había salido
junto con mi tía a visitar unos amigos que cumplían diez
años de casados.
-Güenas..¿Andan buscando al patrón?- Se sacó
la gorra para saludarlos.
-Si usted me contesta un par de preguntas no creo que haga falta-Su voz
era autoritaria-¿Es del lugar?
Molina asintió con un gesto afirmativo.
-¿ Quiénes viven en la casa?
-El patrón con la patrona y las patroncitas...
-¿ Cuál es el apellido?
-¿ El mío?
-No imbécil, el de su patrón.
-Hastis
-¿Ha visto algunas irregularidades en esta casa? ¿Algún
comportamiento inadecuado e indebido de su patrón?
-No, son gentes muy güenas...
-¿ Fueron visitados por algún pariente o amigo ajeno a este
domicilio?
-...-Molina titubeaba-...n...sí..sí..
-Cualquier información que pueda darnos será muy bien recompensada...sabemos
que necesita dinero y quisiéramos ayudarlo...
- Güeno, no creo que tenga nada de malo decir que vino una sobrina
de la capital...
-Ajá...dígame ¿ Horarios de descanso de la familia?
-A la noche se acuestan temprano y se levantan a eso de las seis o siete
de la mañana.
-Hasta luego y dígale a Hastis que los chorizos y las morcillas
estaban muy ricos. En estos días pasaremos para que nos regale
un costillar tal como él nos prometió.- Se subió
a una furgoneta y desapareció.
Recién entonces pude respirar. Debía actuar lo más
rápido posible. No tenía tiempo para pensar. Si ese estúpido
de Molina se hubiera callado la boca no estaría en semejante problema.
La única arma que tenía era este diario.
La escritura puede salvarme, porque es lo único que perdura con
el tiempo, todo lo demás se olvida, se evapora misteriosamente
y no queda nada, nada de los infortunios de esta vida.
Además, es un arma de combate, un testimonio de una determinada
época histórica que debe quedar en la memoria y no borrase
jamás.
Inmediatamente guardé en el bolso de mano mis escasas pertenencias,
ese misma noche debía huir cuando todos estuviesen durmiendo. Pero
antes decidí terminar de escribir mi diario:
"...La ideas no deben oprimirse, cada uno debe tener la libertad
de optar por el estilo de vida que quiera(...)Prefiero que me fusilen-como
Federico García Lorca-antes que pasarme al bando contrario(...)Ya
nada me queda, sólo la esperanza de un futuro mejor..."
"Esas
fueron las últimas palabras que escribió en su diario. Decidí
publicar su historia para que el país entero la conociera, era
mi prima y, de alguna manera, quería rendirle homenaje, se lo merecía.
Ya no me dedico a los quehaceres domésticos, ahora me he convertido
en una periodista que lucha por la verdad y la justicia terrena. Porque
de la divina se encarga Dios. "
RESEÑA
/ BIOGRAFÍA / CURRICULUM
Me
llamo Mercedes Inés Moreno y me apasiona la literatura y el teatro.
Nací en 1976 en plena dictadura militar y viví en Olivos
junto a mis padres (Mario Moreno e Inés Pons) y mi hermano menor
(Facundo) hasta Diciembre de 1989.
Al año siguiente nos mudamos a General Pirán (Provincia
de Buenos Aires) donde mi padre tiene campo y reside hasta la actualidad.
Allí terminé la escuela secundaria y luego me fui a Mar
del plata- en 1995- para estudiar en la facultad de humanidades el Profesorado
en Letras. Durante ese período publicaba en revistas aledañas
artículos de la actualidad y poesías.
En mayo de 2002 me recibí y , al año siguiente, decidí
instalarme en Olivos-nuevamente-para comenzar una nueva etapa en mi vida.
La decisión fue inmediata ya que siempre había pensado en
volver a esta ciudad. En esta oportunidad me fui a vivir con mis tíos
porque mi casa materna había sido vendida en 1993.
A los meses conseguí trabajo en diferentes colegios como profesora
y en Septiembre de ese mismo año conocí a Cristina Monte-
en un seminario que yo dictaba en la Editorial Argenta- y me propuso colaborar
en su nuevo emprendimiento cultural como jurado de sus certámenes
literario: había fundado la editorial Mis Escritos, con quien continúo
hasta la actualidad.
En Junio de 2003 me fui a vivir sola a San Isidro donde me encuentro hasta
la actualidad.
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