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Todavía
no era tiempo de dormir. Ninguna bomba había estallado. Esperaban
ansiosos el momento en que se escuchara el estallido. "¿Será
hoy aquí?", sólo el destino lo sabía. Una por
noche, era igual de dolorosa donde cayere. Si no los lastimaba a ellos,
lastimaba a sus amigos. Porque aunque no se conociesen todos, cualquier
montonero era un amigo.
Luego de escuchado el estallido se decían unas palabras. No necesitaban
ser coherentes, hablaban sólo para saber si seguían con
vida, para estar seguros de que la bomba había explotado en otro
lado.
Si escuchaban las voces de sus compañeros, entonces sí se
animaban a sonreír aliviados.
Eran tan valientes como los caballeros de antes. Y tan errantes como lo
es cualquier persona.
Compartían la desdicha de pensar distinto que quienes gobernaban.
Pero, en gran medida, sabían que tenían la verdad. Protestaban
por alcanzar esa verdad, y ni una ni mil bombas los iban a asustar. A
los que no les tocaba la bomba nocturna, al otro día iban a seguir
compartiendo charlas de bares escondidos, iban a seguir organizando marchas
en esas habitaciones de pisos sucios y estantes ocupados por menos apuntes
de universidad que libros de revolución y socialismo.
Las mañanas no existían, las pasaban dormidos en sus pesados
sueños de revolución. Las tardes eran de marchas, revueltas,
protestas y corridas escapando de militares que sin lastima, ni ánimos
de herir, tiraban a matar. Las noches apenas comenzaban con el estallido
de una bomba. Quedaban luego largas horas de juntas en patios internos
y sucuchos bien escondidos. Las reuniones solo terminaban cuando el sol
daba sus primeros indicios de aparición, allá por el este.
Era tiempo de que cada uno y sus deseos volvieran a sus pequeños
hogares.
Otra vez por la tarde las protestas. Todas eran muy importantes, porque
quienes exponían sus vidas en las mismas calles controladas por
los militares, lo hacían solo con intenciones de cambiar todo lo
que estaba mal. Y tenían la sana esperanza de que ante la marcha
de "ese" día los militares les dijeran: nos vamos. Pero
los milicos no tenían sus mismas ideas, interrumpían sus
protestas con duras represiones, y a los chicos sólo les quedaba
algo que hacer: correr. Las corridas estaban rebalsadas de miedo, pero
principalmente de desilusión.
Y llegada nuevamente la noche era tiempo de pensar dónde se reunirían
esta vez, qué leerían hoy, si verían a la chica que
les estaba rompiendo la cabeza. Pero antes era tiempo de esperar la bomba.
A veces preferían salir a la vereda y esperar por el estallido
fuera de sus habitaciones. No salían en grupos numerosos, porque
de ser así le daban la excusa perfecta para que los vinieran a
golpear. Entonces escuchaban el ensordecedor ruido de esa bomba y se quedaban
horas sentados, esperando a saber si seguían vivos. Siempre pasaba
algún militar que, como no los veía haciendo nada raro,
sólo se limitaba a gritarle algunas barbaridades y proseguir su
camino. Como Don Quijote le dijera a su inseparable compañero:
"Nos ladran sancho, señal que cabalgamos"... A ellos
les gritaban, señal que seguían con vida. Entonces esperaban
la hora justa y partían a esas interminables reuniones de sueños
de revolución, que muchos no alcanzaron a vivir, pero que finalmente
un día del año ´84 llegó. La dictadura se alejó
y le dio paso a la democracia, tantas veces criticada, pero de ninguna
forma peor que el martirio que a los argentinos nos tocó vivir
por aquellos años.
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