Carlos Cristian Claá
Argentina

Email: carliclaa@hotmail.com

 

"Bombas nocturnas "

 

Todavía no era tiempo de dormir. Ninguna bomba había estallado. Esperaban ansiosos el momento en que se escuchara el estallido. "¿Será hoy aquí?", sólo el destino lo sabía. Una por noche, era igual de dolorosa donde cayere. Si no los lastimaba a ellos, lastimaba a sus amigos. Porque aunque no se conociesen todos, cualquier montonero era un amigo.

Luego de escuchado el estallido se decían unas palabras. No necesitaban ser coherentes, hablaban sólo para saber si seguían con vida, para estar seguros de que la bomba había explotado en otro lado.
Si escuchaban las voces de sus compañeros, entonces sí se animaban a sonreír aliviados.

Eran tan valientes como los caballeros de antes. Y tan errantes como lo es cualquier persona.

Compartían la desdicha de pensar distinto que quienes gobernaban. Pero, en gran medida, sabían que tenían la verdad. Protestaban por alcanzar esa verdad, y ni una ni mil bombas los iban a asustar. A los que no les tocaba la bomba nocturna, al otro día iban a seguir compartiendo charlas de bares escondidos, iban a seguir organizando marchas en esas habitaciones de pisos sucios y estantes ocupados por menos apuntes de universidad que libros de revolución y socialismo.

Las mañanas no existían, las pasaban dormidos en sus pesados sueños de revolución. Las tardes eran de marchas, revueltas, protestas y corridas escapando de militares que sin lastima, ni ánimos de herir, tiraban a matar. Las noches apenas comenzaban con el estallido de una bomba. Quedaban luego largas horas de juntas en patios internos y sucuchos bien escondidos. Las reuniones solo terminaban cuando el sol daba sus primeros indicios de aparición, allá por el este. Era tiempo de que cada uno y sus deseos volvieran a sus pequeños hogares.

Otra vez por la tarde las protestas. Todas eran muy importantes, porque quienes exponían sus vidas en las mismas calles controladas por los militares, lo hacían solo con intenciones de cambiar todo lo que estaba mal. Y tenían la sana esperanza de que ante la marcha de "ese" día los militares les dijeran: nos vamos. Pero los milicos no tenían sus mismas ideas, interrumpían sus protestas con duras represiones, y a los chicos sólo les quedaba algo que hacer: correr. Las corridas estaban rebalsadas de miedo, pero principalmente de desilusión.

Y llegada nuevamente la noche era tiempo de pensar dónde se reunirían esta vez, qué leerían hoy, si verían a la chica que les estaba rompiendo la cabeza. Pero antes era tiempo de esperar la bomba.
A veces preferían salir a la vereda y esperar por el estallido fuera de sus habitaciones. No salían en grupos numerosos, porque de ser así le daban la excusa perfecta para que los vinieran a golpear. Entonces escuchaban el ensordecedor ruido de esa bomba y se quedaban horas sentados, esperando a saber si seguían vivos. Siempre pasaba algún militar que, como no los veía haciendo nada raro, sólo se limitaba a gritarle algunas barbaridades y proseguir su camino. Como Don Quijote le dijera a su inseparable compañero: "Nos ladran sancho, señal que cabalgamos"... A ellos les gritaban, señal que seguían con vida. Entonces esperaban la hora justa y partían a esas interminables reuniones de sueños de revolución, que muchos no alcanzaron a vivir, pero que finalmente un día del año ´84 llegó. La dictadura se alejó y le dio paso a la democracia, tantas veces criticada, pero de ninguna forma peor que el martirio que a los argentinos nos tocó vivir por aquellos años
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