Amancay Martínez
Argentina

Email: amancaymartinez@yahoo.com

 

"Casa Tomada"

*en homenaje a Julio Cortázar y
a la familia Oesterheld



Cuando dijeron que nos devolverían la casa, la alegría que experimenté fue única, también lo fue para mi abuela. En esa casa viví con mi infancia y en ella ahora habita el recuerdo de mis padres, quienes hoy permanecen aún desaparecidos. Fue muy duro aceptar que podrían estar muertos, sin poder verlos con los propios ojos, solo con los del alma se puede tener certeza de que lo están. A veces creo que en cualquier momento, van entrar por la puerta como sin nada hubiera pasado. Por suerte y por obra del destino, yo quedé con vida y fui devuelta a mi abuela, hace algunos años. Cuando la vi por primera vez, sentí como si el tiempo no hubiera pasado y nunca nos hubiésemos separado, solo por un rato. Mis padres adoptivos comprendieron lo delicado de la situación y aceptaron mi decisión. Sin embargo, de vez en cuando los visito y siempre van a ser importantes para mí.

Cuando me enteré de la gran noticia, corrí a buscar las fotos que papá había sacado de nuestra casita. Había una del frente, lleno jazmines y rosales coloridos, otra del fondo donde se veían varios árboles y mi preferida, donde aparecía mamá teniéndome en brazos. En esa foto se veía tan joven y hermosa. Yo no lo recordaba, pero mi abuela me contó que estaba embarazada. Anduvimos buscando a mi hermanito, que sabemos que está con vida, pero se niega a aparecer. Para mi anda por ahí, escondido entre las sombras, perdido en su mundo irreal. De todas formas, sé que algún día daremos con él, aún no es el momento indicado.

Nos dijeron que la casa estaba muy venida a menos, que sus habitantes, todos ellos militares, no la habían mantenido para nada. La pobre aguantó como pudo el paso del tiempo, el cual le dejó huellas imborrables. Estoy tan emocionada que no soportó más mis ganas de verla, de estar frente a ella, de estar dentro de ella. Vino un hombre del gobierno a darnos las llaves y a acompañarnos para nuestra visita tan esperada.

El domingo fue el día acordado para reencontrarnos con la casa. El día anterior ni mi abuela ni yo pudimos dormir bien, un poco por nervios, otro poco por miedo. Era volver a revivir sensaciones que estaban algo olvidadas, un tanto muertas. Íbamos a poder ubicar en su lugar una de las tantas fichas perdidas. Era reconstruir de a poco la historia, el pasado, aportando un pequeño granito de arena, que algún día se convertirá en una inmensa duna.

El día fijado, el hombre de traje estuvo puntual y nos llevó en un moderno auto, a ver nuestra casa. Sentía un cierto afecto por ese extraño personaje, que me parecía como una especie de justiciero. Nos dijo que más adelante iríamos al juzgado a realizar los papeles, para que la casa vuelva a ser nuestra con toda la de la ley. Debía quedar asentado que la casa fue recuperada. Yo le apretaba la mano a mi abuela y apenas si podía concentrarme en lo que el hombre decía. Estaba embriagada por tanta felicidad.

El auto frenó a mitad de cuadra y bajamos todos del vehículo. El hombre levantó su mano derecha y con su dedo índice extendido, apuntó en dirección a algo que distaba mucho de mis recuerdos, se veía muy diferente a lo que decían las fotos previas al horror. La casa estaba casi en ruinas. Las paredes que allí se levantaban habían sido testigo de mi infancia y también de tanto dolor. Pude percibir la pena que inundó el ambiente durante todos estos años. De ahora en más, me encargare de que sea distinto, el amor y el perfume a jazmín flotaran por todos lados.

El hombre de gris colocó la llave en la roída cerradura, la giró a duras penas y el portón de la precaria reja, se abrió no sin rechinar. Subimos un escalón y nos encontramos en el jardín delantero. Una maraña de vegetación se había adueñado de todo y dificultaba el avance, que se tornó lento. Todavía se veían algunos rosales, venidos en vicio, los cuales habían alcanzado grandes alturas. Bien diferente se veía todo en la foto de papá, sin embargo, yo lo haré ver igual. El techo había perdido varias tejas y la pintura se descascaraba de las viejas paredes y pese al paso del tiempo, aún conservaba su color original.

Bordeamos la casa por su lateral, donde estaba ubicado el aljibe, y llegamos al jardín trasero. Allí los árboles estaban mucho más grandes de lo que los recordaba. Habían pasado varios años desde que los viera por última vez. El jacarandá estaba florido, dejando su sombra púrpura sobre el suelo, donde las flores muertas se mezclaban con las bolitas amarillas del paraíso. Me agaché a recoger una entre mis dedos y tuve una fugaz reminiscencia: me vi jugando con mi padre, quien me arrojaba las bolitas, como si de proyectiles se trataran. Recuerdo que mi mamá corrió en mi ayuda y tomándome entre sus brazos, escapamos de él corriendo, sin parar de reír. Alguien colocó una mano sobre mi hombro, como incitándome a continuar y fui arrancada, sin piedad, de mi mundo interior. Me apresuré a enjuagar una lágrima que corría por mi mejilla, mientras me ponía de pie. Me coloqué al lado de mi abuela, que iba solo unos pasos más adelante.

Los hombres nos guiaron hacia la puerta trasera, la cual se abrió de mala gana. Una vez dentro, el panorama era desalentador, no solo por el abandono de la casa, o por la suciedad, o por el olor a humedad, sino porque no se ajustaba a mi remembranza. Será por la decoración diferente, me dije, y aunque en parte era cierto, mi corazón se llenó de pena por no encontrar nada que me inspire un recuerdo. Los usurpadores se habían encargado de cambiarla, de borrar cada cosa que pudiera hacerme rememorar a mis padres. Solo el jardín seguía siendo el mismo.

La cocina estaba en su lugar, pero su aspecto lúgubre era desolador. El comedor tenía una mesa moderna, con raros cuadros colgados en las paredes. Allí estuvieron alguna vez las fotos de mi papá, no obstante, todas fueron destruidas, ni una sola logró salvarse. En ella podían verse paisajes, atardeceres, flores y árboles, que eran sus temas preferidos y por supuesto nosotros, su familia.

El baño si era el mismo, con su grifería color amarillo. ¡Cuántas veces mamá me bañó en esa misma ducha! En los dormitorios había varias camas, donde aún se conservaban los roperos originales. Esperaba encontrar algo escondido cuando limpiara, algo olvidado en el fondo de algún cajón, algo que me regalase algún recuerdo olvidado. Seguimos recorriendo cada rincón con atónita expresión, como si fuéramos extraterrestres en un mundo hasta ahora desconocido.

La casita era chica y con pocos ambientes, ideal para una o dos personas. No sabía si mi abuela iba a querer mudarse conmigo, o sí prefería quedarse en su casa. Yo en cambio, no dudaba en pasar mis años entre estas cuatro paredes y esperaba ansiosa el poder mudarme. Para eso todavía faltaba, pero me era inevitable soñar despierta, soñar con poder recuperar mi pasado y dejar la casa lo más parecida a como la recordaba cuando mis padres aún vivían.

Quiero rememorar aquella época, en que papá nos sacaba fotos. Volver a sentir el aroma de aquella rosa que le prendió en el cabello a mamá, la cual quedó plasmada para siempre en esta foto, que hoy descansa en un lugar privilegiado del hogar. Quizá algún día pueda contarle a alguien más lo que me tocó vivir, quizá lo pueda escribir en algún lugar. En el fondo no me quejo de lo que me ocurrió, solo pido que esos horrendos episodios de violencia y sangre no vuelvan a repetir nunca más.

Hoy paso mis días escribiendo, a la vez que disfrutó de mi jardín. Cada nueva flor queda evidenciada en un sin fin de fotos, tal cual lo hubiera hecho mi padre. Ahora las paredes están cubiertas de rosas, jazmines, caléndulas, lirios y margarita, que me renuevan las ganas de vivir. Mis padres habitan en mi corazón y pese a tenerlos siempre presentes, trató de mirar hacia delante y de no vivir anclada en el doloroso pasado. El futuro, en cambio, se abre ante mi tal cual pétalos que recién descubren las caricias del sol, tal cual nuevas alas que piden ser usadas, para recorrer los mil y un cielos…

 

RESEÑA / BIOGRAFÍA / CURRICULUM

Soy argentina y nací en el año 1974. Mis padres me facilitaron estudiar en la universidad, ámbito que me introdujo en el tema de los desaparecidos y la dictadura militar. Allí pude informarme y conocer la cruda verdad, todo el horror de esos años, situación que provocó un quiebre en mi vida, y me acercó, aunque sea en espíritu, a esas personas que sufrieron tanto y aún siguen sintiendo el dolor de haber perdido a un ser querido. Como siempre creí que todo lo ocurrido era algo inconcluso y sin resolver, me puse en la piel de estas personas, para que por lo menos con este cuento y desde la ficción , pueda dar un posible final a este tema tan delicado y esparcir algo de paz sobre tanto dolor.