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*en
homenaje a Julio Cortázar y
a la familia Oesterheld
Cuando dijeron que nos devolverían la casa, la alegría que
experimenté fue única, también lo fue para mi abuela.
En esa casa viví con mi infancia y en ella ahora habita el recuerdo
de mis padres, quienes hoy permanecen aún desaparecidos. Fue muy
duro aceptar que podrían estar muertos, sin poder verlos con los
propios ojos, solo con los del alma se puede tener certeza de que lo están.
A veces creo que en cualquier momento, van entrar por la puerta como sin
nada hubiera pasado. Por suerte y por obra del destino, yo quedé
con vida y fui devuelta a mi abuela, hace algunos años. Cuando
la vi por primera vez, sentí como si el tiempo no hubiera pasado
y nunca nos hubiésemos separado, solo por un rato. Mis padres adoptivos
comprendieron lo delicado de la situación y aceptaron mi decisión.
Sin embargo, de vez en cuando los visito y siempre van a ser importantes
para mí.
Cuando me enteré de la gran noticia, corrí a buscar las
fotos que papá había sacado de nuestra casita. Había
una del frente, lleno jazmines y rosales coloridos, otra del fondo donde
se veían varios árboles y mi preferida, donde aparecía
mamá teniéndome en brazos. En esa foto se veía tan
joven y hermosa. Yo no lo recordaba, pero mi abuela me contó que
estaba embarazada. Anduvimos buscando a mi hermanito, que sabemos que
está con vida, pero se niega a aparecer. Para mi anda por ahí,
escondido entre las sombras, perdido en su mundo irreal. De todas formas,
sé que algún día daremos con él, aún
no es el momento indicado.
Nos dijeron que la casa estaba muy venida a menos, que sus habitantes,
todos ellos militares, no la habían mantenido para nada. La pobre
aguantó como pudo el paso del tiempo, el cual le dejó huellas
imborrables. Estoy tan emocionada que no soportó más mis
ganas de verla, de estar frente a ella, de estar dentro de ella. Vino
un hombre del gobierno a darnos las llaves y a acompañarnos para
nuestra visita tan esperada.
El domingo fue el día acordado para reencontrarnos con la casa.
El día anterior ni mi abuela ni yo pudimos dormir bien, un poco
por nervios, otro poco por miedo. Era volver a revivir sensaciones que
estaban algo olvidadas, un tanto muertas. Íbamos a poder ubicar
en su lugar una de las tantas fichas perdidas. Era reconstruir de a poco
la historia, el pasado, aportando un pequeño granito de arena,
que algún día se convertirá en una inmensa duna.
El día fijado, el hombre de traje estuvo puntual y nos llevó
en un moderno auto, a ver nuestra casa. Sentía un cierto afecto
por ese extraño personaje, que me parecía como una especie
de justiciero. Nos dijo que más adelante iríamos al juzgado
a realizar los papeles, para que la casa vuelva a ser nuestra con toda
la de la ley. Debía quedar asentado que la casa fue recuperada.
Yo le apretaba la mano a mi abuela y apenas si podía concentrarme
en lo que el hombre decía. Estaba embriagada por tanta felicidad.
El auto frenó a mitad de cuadra y bajamos todos del vehículo.
El hombre levantó su mano derecha y con su dedo índice extendido,
apuntó en dirección a algo que distaba mucho de mis recuerdos,
se veía muy diferente a lo que decían las fotos previas
al horror. La casa estaba casi en ruinas. Las paredes que allí
se levantaban habían sido testigo de mi infancia y también
de tanto dolor. Pude percibir la pena que inundó el ambiente durante
todos estos años. De ahora en más, me encargare de que sea
distinto, el amor y el perfume a jazmín flotaran por todos lados.
El hombre de gris colocó la llave en la roída cerradura,
la giró a duras penas y el portón de la precaria reja, se
abrió no sin rechinar. Subimos un escalón y nos encontramos
en el jardín delantero. Una maraña de vegetación
se había adueñado de todo y dificultaba el avance, que se
tornó lento. Todavía se veían algunos rosales, venidos
en vicio, los cuales habían alcanzado grandes alturas. Bien diferente
se veía todo en la foto de papá, sin embargo, yo lo haré
ver igual. El techo había perdido varias tejas y la pintura se
descascaraba de las viejas paredes y pese al paso del tiempo, aún
conservaba su color original.
Bordeamos la casa por su lateral, donde estaba ubicado el aljibe, y llegamos
al jardín trasero. Allí los árboles estaban mucho
más grandes de lo que los recordaba. Habían pasado varios
años desde que los viera por última vez. El jacarandá
estaba florido, dejando su sombra púrpura sobre el suelo, donde
las flores muertas se mezclaban con las bolitas amarillas del paraíso.
Me agaché a recoger una entre mis dedos y tuve una fugaz reminiscencia:
me vi jugando con mi padre, quien me arrojaba las bolitas, como si de
proyectiles se trataran. Recuerdo que mi mamá corrió en
mi ayuda y tomándome entre sus brazos, escapamos de él corriendo,
sin parar de reír. Alguien colocó una mano sobre mi hombro,
como incitándome a continuar y fui arrancada, sin piedad, de mi
mundo interior. Me apresuré a enjuagar una lágrima que corría
por mi mejilla, mientras me ponía de pie. Me coloqué al
lado de mi abuela, que iba solo unos pasos más adelante.
Los hombres nos guiaron hacia la puerta trasera, la cual se abrió
de mala gana. Una vez dentro, el panorama era desalentador, no solo por
el abandono de la casa, o por la suciedad, o por el olor a humedad, sino
porque no se ajustaba a mi remembranza. Será por la decoración
diferente, me dije, y aunque en parte era cierto, mi corazón se
llenó de pena por no encontrar nada que me inspire un recuerdo.
Los usurpadores se habían encargado de cambiarla, de borrar cada
cosa que pudiera hacerme rememorar a mis padres. Solo el jardín
seguía siendo el mismo.
La cocina estaba en su lugar, pero su aspecto lúgubre era desolador.
El comedor tenía una mesa moderna, con raros cuadros colgados en
las paredes. Allí estuvieron alguna vez las fotos de mi papá,
no obstante, todas fueron destruidas, ni una sola logró salvarse.
En ella podían verse paisajes, atardeceres, flores y árboles,
que eran sus temas preferidos y por supuesto nosotros, su familia.
El baño si era el mismo, con su grifería color amarillo.
¡Cuántas veces mamá me bañó en esa misma
ducha! En los dormitorios había varias camas, donde aún
se conservaban los roperos originales. Esperaba encontrar algo escondido
cuando limpiara, algo olvidado en el fondo de algún cajón,
algo que me regalase algún recuerdo olvidado. Seguimos recorriendo
cada rincón con atónita expresión, como si fuéramos
extraterrestres en un mundo hasta ahora desconocido.
La casita era chica y con pocos ambientes, ideal para una o dos personas.
No sabía si mi abuela iba a querer mudarse conmigo, o sí
prefería quedarse en su casa. Yo en cambio, no dudaba en pasar
mis años entre estas cuatro paredes y esperaba ansiosa el poder
mudarme. Para eso todavía faltaba, pero me era inevitable soñar
despierta, soñar con poder recuperar mi pasado y dejar la casa
lo más parecida a como la recordaba cuando mis padres aún
vivían.
Quiero rememorar aquella época, en que papá nos sacaba fotos.
Volver a sentir el aroma de aquella rosa que le prendió en el cabello
a mamá, la cual quedó plasmada para siempre en esta foto,
que hoy descansa en un lugar privilegiado del hogar. Quizá algún
día pueda contarle a alguien más lo que me tocó vivir,
quizá lo pueda escribir en algún lugar. En el fondo no me
quejo de lo que me ocurrió, solo pido que esos horrendos episodios
de violencia y sangre no vuelvan a repetir nunca más.
Hoy paso mis días escribiendo, a la vez que disfrutó de
mi jardín. Cada nueva flor queda evidenciada en un sin fin de fotos,
tal cual lo hubiera hecho mi padre. Ahora las paredes están cubiertas
de rosas, jazmines, caléndulas, lirios y margarita, que me renuevan
las ganas de vivir. Mis padres habitan en mi corazón y pese a tenerlos
siempre presentes, trató de mirar hacia delante y de no vivir anclada
en el doloroso pasado. El futuro, en cambio, se abre ante mi tal cual
pétalos que recién descubren las caricias del sol, tal cual
nuevas alas que piden ser usadas, para recorrer los mil y un cielos
RESEÑA
/ BIOGRAFÍA / CURRICULUM
Soy
argentina y nací en el año 1974. Mis padres me facilitaron
estudiar en la universidad, ámbito que me introdujo en el tema
de los desaparecidos y la dictadura militar. Allí pude informarme
y conocer la cruda verdad, todo el horror de esos años, situación
que provocó un quiebre en mi vida, y me acercó, aunque sea
en espíritu, a esas personas que sufrieron tanto y aún siguen
sintiendo el dolor de haber perdido a un ser querido. Como siempre creí
que todo lo ocurrido era algo inconcluso y sin resolver, me puse en la
piel de estas personas, para que por lo menos con este cuento y desde
la ficción , pueda dar un posible final a este tema tan delicado
y esparcir algo de paz sobre tanto dolor.
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